Había una vez tres bolígrafos, cada uno de un color diferente. Vivían felizmente en el estuche de un alumno de 2ºA. Cada uno era diferente, no todos tenían la misma función; el azul era el que más se utilizaba, por lo que era el más trabajador; el rojo era el que se usaba de vez en cuando, se turnaba con el verde y pasaba la mayor parte del tiempo en el estuche; y el verde era el menos usado, por lo que no hacía gran cosa ya que dejaba que el rojo lo hiciese todo. Pasaba todo el día en el estuche, sin ni siquiera salir un poco.
Iba todo de maravilla hasta que, un día antes a la “Noche Nocturna”, todo se empeoró. Todos los alumnos estaban tan emocionados que, el dueño, se dejó sobre la mesa a los tres bolígrafos. Al tocar la campana que indicaba el final de la clase, todos los niños salen a tanta velocidad que, al chocar contra la mesa donde estaban los tres materiales, caen al suelo. El dueño ya había salido, por lo que no se dio cuenta. No acabado todavía el sufrimiento, otro niño los empujó sin querer hasta que llegan al sitio más arrinconado. Pasaron toda la tarde allí, planeando el regreso a su pupitre, en el cual estaba el estuche. Sigue leyendo









